El nombre de Castro es un topónimo de origen latino que significa
campamento. Parece ser que a principios del siglo VIII, con la
invasión musulmana, un grupo de bereberes, llamados yarawá, se
establecieron en esta zona huyendo de los árabes. Esta tribu
norteafricana estaba muy romanizada, por lo que plantaron aquí
su campamento, de ahí el nombre de Castro. Al mando de este
grupo bereber estaba la reina Al-Kahima.
Con la conquista cristiana, ante la imposición del bautizo o la
emigración, la población de estos lugares se rebeló y muchos
resistieron a los ejércitos castellanos hasta la muerte. Durante
muchos años se refugiaron en estos parajes musulmanes que
seguían conservando su fe.
Antes de la Guerra de las Alpujarras (1568-1570), la población era
eminentemente morisca a excepción de algunos cristianos viejos.
Durante la sublevación participaron en la contienda más de 800
moriscos de la zona de los Filabres. Al terminar la guerra Castro
de Filabres se repobló con diez vecinos.
La recuperación de población será muy lenta al igual que todos
los pueblos de los Filabres. Según el Catastro de Ensenada de
1752, Castro de Filabres ya tenía 176 vecinos y llegar a unos
426 a principio del siglo XX.
En la actualidad, Castro de Filabres se recupera poco a poco tras
el declive de la postguerra. La carretera que le une con Tabernas
facilita el acceso y está propiciando su desarrollo. Entre otras
actividades se abre un excelente campo en el turismo rural.
Embutidos. Sopa de ajo almeriense. Pimentón o caldo colorao
(especie de zarzuela de pescado). Olla de trigo. Gazpachuelo a lo
pobre. Cocido en morcilla. Gurullos (plato esencialmente campero
consistente en migas de pan mojadas, escurridas y fritas en manteca
de cerdo e ingredientes tales como ajos, chorizo y tocino entre
otros). Escabechado. Choto al ajillo.
Dulces: Roscos. Bollos de nata. Hojaldres. Empanadillas.